
Tras la pared la gente se reía.
Y yo miraba a la pared
con el alma lo mismo que una niña enferma
que poco a poco se me fuera de las manos.
Tras la pared la gente se reía
como si se burlara
de mí.
¡Y con que desvergüenza se burlaba!
En realidad, los invitados,
cansados de bailar sobre el parquet,
sencillamente se reían,
pero no se reían ni de mí ni de nadie.
Tras la pared la gente se reía,
excitada por el vino,
sin sospechar, en medio de sus risas,
ni mi existencia, ni la de mi enferma.
La gente se reía...¡Cuántas veces
me había reído yo también así,
mientras tras la pared, se iba apagando alguien
y yo penosamente me resignaba a ello!
Y ese alguien, empujado por la desgracia,
sumido casi en ella,
pensaba que de él yo me reía,
que me burlaba de él.
Así es el mundo,
así será eternamente:
tras la pared alguien solloza mientras nosotros
despreocupadamente nos reímos.
Pero el mundo es así
y por eso es imperecedero.
Tras la pared alguien se ríe
mientras nosotros casi sollozamos.
Cuando estés destrozado y abatido,
no manches tu alma con el pecado
de tomar, por envidia, como ofensa
la risa de alguien tras la pared.
La vida es equilibrio.
Tu envidia es para ti tu propia ofensa
pues, para tu desgracia,
la dicha ajena es expiación.
Y desea que, en el ultimo instante,
cuando al cerrarse huya la vida de tus ojos,
tras la pared ría la gente,
ría la gente a pesar de todo.
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Eugeni Evtuchenko

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