28 de mayo de 2008

Habré ganado

Y ésta es la última carta, el mensaje postrero,
decirnos adiós, saber que es el fin, que no habrá nada más.
Adiós, amigos, personas a quienes quise,
noches de luna, rumor del mar, primaveras
asomando tras la ventana, mujeres tristes,
niños sin destino, ojos implorantes,
recuerdos de otro tiempo, sueños de adolescencia.
Sí, decidme adiós también, porque todo se pierde
y no queda sino el fantasma de un sueño, la nube de nada.
No siento dolor sino ausencia,
no tengo nostalgia sino vacíos.
He agotado todas las preguntas,
acepté la falta de respuestas,
las noches sin dormir, el perfume
inexplicable de una sonrisa.
Finalmente queda nuestra partida
como un hueco que no se extinguirá.
Ocuparé los corazones de algunos
que me quisieron, que sintieron
conmigo la sensación de vivir juntos,
de soñar imposibles, pelear por lo deseado,
saborear los años de fracasos, de éxitos extinguidos.
Y allá donde vaya, al final de todos los caminos
estrujaré mis entrañas hasta que no pueda más
para encontrar una gota de amor, una lágrima de consuelo
y eso será suficiente. Con ello sabré que he vivido,
que mi partida tenía un sentido.
Al fin habré ganado sobre el miedo,
la angustia y el dolor
sobre la nada y el ocaso,
habré ganado.
...................
Carlos Maza

22 de mayo de 2008

Niña de algodón


¿Aún no te duermes? ¿A qué esperas?
¿Tienes miedo? ¿De qué si estoy contigo?
No, no te preocupes, mi niña,
los pájaros nunca se irán de tu lado.
Óyelos, aún cantan cerca de ti aunque se haga de noche.
Los escucharás siempre, volando entre los árboles,
anidando en ese rincón bajo el tejado, ahí estarán.
Y si algún día no los encuentras, si alguna noche
tienes miedo y ves fantasmas y el dolor te asalta,
ten confianza, mi niña, espéralos siempre,
porque los pájaros han nacido contigo, serán tu compañía.
Mira ¿ves? Se van callando porque cierran los ojos
y sueñan con paisajes de sol y de viento suave y nubes blancas,
sueñan como tú con un mundo lleno de dulce y contento,
uno donde emitirán los trinos más largos y hermosos
todos para ti, mi niña, que sabes escucharlos.
Si algún día hace frío y la nieve lo cubre todo,
árboles, caminos, montañas, y tu cara al mirar el cielo,
si un día sientes que la piel se eriza y tiemblas
será porque no los escuchas, y tendrás dudas
pensarás que tus pájaros se han ido para siempre.
Pero no será así, niña del cielo, ten por seguro que volverán
y harán nido en tu corazón y podrás acariciar sus crías
como yo te acaricio a ti, niña de la brisa, niña de la mañana.
Te darás cuenta entonces que los pájaros cantan para ti,
que alegran cada uno de tus días desde dentro,
desde un lugar donde quizá nadie los escuche como tú,
o tal vez sí y sabrás quién te quiere, como yo te quiero a ti,
que ya escucho el trino leve de una avecilla temprana,
el canto que surge de ese corazón chiquito, de esa sonrisa linda.
Nunca se irán de ti, mi niña, nunca te abandonarán los pájaros
cada mañana, a cada instante, en el dolor y la alegría,
en invierno y en primavera, de niña como ahora y de mayor.
Aprende a escucharlos y duerme, sueña como ellos, canta como ellos lo hacen,
vive sabiendo que nunca se irán lejos, que allí dentro están,
donde nadie llega, salvo los que te quieren.
Como yo, niña de algodón.
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Carlos Maza

14 de mayo de 2008

Recordarás

Recordarás, y eso será
tu condena y tu consuelo.
Vendrán otros días
de frío y nieve,
de pavor y miedo.
Buscarás dónde mirar,
qué mano puede sostenerte.
Y recordarás los días
de luz y sol, de agua y mar,
una completitud casi olvidada.
Recobrarán su sentido
el dolor y el desamparo,
el lento caminar hacia el olvido.
Cerrarás los ojos
para que el recuerdo no deslumbre
siempre allí, golpeando
a tu puerta cerrada de futuro,
y tus manos transparentes
acariciarán los años transcurridos
como si fueran nada, siéndolo todo.
Recordarás, sí, para todos, para mí,
para el que pude ser,
para el que fui.
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Carlos Maza

11 de mayo de 2008

Donde habite el olvido

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
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Luis Cernuda

9 de mayo de 2008

Todo se transforma


La van a matar, están a punto de matarla
cavó su fosa con dificultad
(no tiene habilidad con las manos).
Ahora debe quitarse la ropa.
¿No te corta el aliento
ese gesto inútil, esa manera única
de desabrochar botones? Recuerda,
va a morir, van a matarla.
Tanto se desmenuza el barro debajo de la lluvia
que su tumba es un huequito apenas
algo que no merece atención, que nada albergaría
pero ella se deshace entera a fuerza
de gotear sobre las cosas.
¿Ves esas pequeñas montañas blandas?
¿No ves acaso cómo se desmoronan?
¿Ves esos gigantes, esas balas?
¿No ves acaso cómo se desmoronan?
En 100 años su cuerpo, todo ese cuerpo
entero cabría en una taza de té.
Bebamos un poco, brindemos
porque algo se pierde en cada muerte.
Yo no sé qué.
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Eleonora Filkenstein

2 de mayo de 2008

Cuando estés vieja y gris y soñolienta

Cuando estés vieja y gris y soñolienta
y cabeceando ante la chimenea, toma este libro,
léelo lentamente y sueña con la suave mirada
y las sombras profundas que antes tenían tus ojos.
Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia
y con falso amor o de verdad amaron tu belleza,
pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina
y amó los sufrimientos de tu cambiante cara.
E inclinada ante las relumbrantes brasas
murmura, un poco triste, cómo escapó el amor
y anduvo en las cimas de las altas montañas
y entre un montón de estrellas ocultó su rostro.
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William Butler Yeats